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Un recorrido mochilero por los Balcanes: Grecia (I)

Impregnarse de literatura de viajes carecía de sentido si no tenía la finalidad de experimentar en la propia piel la adrenalina que provoca pisar un suelo, hasta entonces, desconocido.

Eso fue lo que nos pasó a Rober y a mí durante todo el invierno de 2015. Nos regocijábamos de la lluvia y el mal tiempo devorando historias de bloggers y sus viajes. No nos valía cualquier relato, nos gustaban las aventuras “mochileras”; aquellas en las que los autores se habían armado una mochila con todas sus pertenencias y no buscaban la comodidad y la lejanía con la realidad del país que suelen ofrecer los hoteles. Solo nos cautivaban las historias reales, las de aquellos viajeros que se salían de los puntos de interés marcados por la Lonely Planet, aquellos que visitaban ciudades y pueblos desconocidos y se hospedaban con locales, aquellos que de esta manera podían hablar de cada lugar con una profundidad histórico-cultural. Esos eran los blogs y libros que leíamos.

Una vez pasado el frío invierno y con el verano asomando por la esquina, el bar más mugriento de Madrid nos incitó (él y unas cuantas cervezas, todo sea dicho) a planificar lo que sería nuestro primer viaje mochilero. Decidimos hacer un recorrido por los Balcanes, que empezaría en Grecia y terminaría en Croacia, pasando por Albania y Montenegro.

La bella Atenas y su inconfundible atmósfera

La aventura empezaba y el componente principal era “dejarnos llevar” por las situaciones que se fueran presentando. No reservamos ningún alojamiento con anterioridad, sólo sabíamos que los dos primeros días, a nuestra llegada a la capital griega, nos hospedaría una amiga de Rober.

Llegamos a Atenas cuando apenas había abierto los ojos y somnolienta empezaba a desperezarse para dar comienzo a un nuevo día. Vagamos por sus calles, intentando aprendernos su fisionomía, tratando de averiguar la esencia que escondía tras la cotidianidad de una mañana de junio.

Paloma, una estudiante madrileña de arquitectura que se había enamorado de Atenas y su caos urbanístico, nos recibió en su casa y nos propuso enseñarnos los lugares más escondidos de la ciudad. Conocimos Plaka, un barrio en las faldas del Acrópolis, que llama la atención por sus colores, su estilo bohemio y el ambiente plácido y festivo que despilfarra.

Plaka, Atenas

Plaka, Atenas

Acabamos haciendo una parada en un rincón que nos ofrecía unas vistas de todo el Acrópolis ateniense y fue en ese momento, mientras contemplábamos de lejos la cuna de la democracia y la filosofía, cuando surgió la magia de una conversación sobre cómo vivir de acuerdo a tu propia ética y no perder en el intento.

Acrópolis

Vistas al Acrópolis, Atenas

Al día siguiente visitamos el Acrópolis y nos maravillamos con él. A pesar de las ruinas, podíamos sentir la fuerza de ese lugar en cada pisada y nos esforzábamos por valorar que cada muro había sido testigo de un profundo conocimiento durante siglos. Subimos y bajamos las escaleras hacia el Propileos imaginando que éramos antiguos filósofos, caminando hacia la inmensidad que sirvió de hogar a tanta sabiduría.

Esa misma noche, Atenas nos ofreció la oportunidad de poder disfrutar de una ópera en el Teatro de Dionisio, una construcción de mitad del siglo VI a.C, situada a los pies del Acrópolis, y el mayor teatro de la antigua Grecia.

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Teatro Dionisio, Atenas

Exarchia, el barrio anarquista de Atenas

También conocimos Exarchia, el barrio anarquista de la ciudad, que teñía de aromas políticos y sociales cada una de sus esquinas. La autogestión y la colaboración social eran protagonistas de aquel espacio, donde podías encontrar centros culturales, un banco de trueques y hasta un centro de salud autogestionado, en el que se atienden a enfermos sin recursos. Exarchia era una utopía anarquista hecha realidad.

La noche en que lo visitamos la tensión se apoderó de la plaza; un grupo de personas vestidas de negro, con la cara cubierta, algunos con pancartas enrolladas y otros con bates, parecían dispuestas a manifestarse de una forma no muy pacífica. Por suerte, en cuestión de minutos todo se disipó y los manifestantes abandonaron la plaza sin presencia de policías.

Supimos entonces que el barrio había sido testigo en 2008 del homicidio de un adolescente de 15 años, Alexandros Grigoropoulos, a manos de un policía. El suceso provocó las mayores revueltas jamás vividas en Atenas y desde entonces el barrio sigue siendo escenario de muchas manifestaciones.

Captura Exarchia

Mural de Exarchia. Fuente: Youtube

Disfrutamos de cada rincón de la ciudad, de sus cafés helados para llevar, de su olor a especias y el ambiente dicharachero en cada plaza. Nos despedimos de la ciudad tras pasar allí tres días y yo no pude evitar que la capital griega me pareciese una antítesis en sí misma. Sus antiguos delirios de grandeza y la actual pobreza en las calles convivían en una lucha continua por alcanzar un equilibrio digno. En 2016 Grecia era una hormiga herida que no se quería dejar pisar más por las presiones internacionales.

Rozando el cielo en los Monasterios de Meteora

Tras pasar tres días en Atenas pensamos que era hora de partir. El destino elegido fue Kalambaka, un pequeño pueblo situado en la región de Tesalia, que nos abriría el paso para visitar los monasterios de Meteora.

Su nombre en griego (Μετέωρα Μοναστήρια) indica que son monasterios suspendidos del cielo y no le falta razón. Sobre estas formaciones rocosas de 600m de altura, se construyeron 20 monasterios ortodoxos. Fue Athanasios Koinovitis, quien construyera en 1344 el primer monasterio (Meteoron) junto con sus seguidores. Los griegos creían que, cuanto más altas estuvieran sus construcciones religiosas, más cerca estarían de Dios.

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Monasterios de Meteora. Fuente: Pixabay

Los monasterios cumplieron una función protectora durante la invasión turca. Aunque no corrieron la misma suerte durante la II Guerra Mundial. Los templos fueron destruidos y saqueados por parte de los alemanes, pues la resistencia griega los eligió como lugar para refugiarse. A pesar de ello, seis de los monasterios fueron reformados y en 1988 la Unesco los declaró Patrimonio de la Humanidad.

Conversaciones -machistas- en la recepción de un hotel

Rober y yo estábamos dispuestos a recorrer los 17km de distancia que te permiten visitar los seis monasterios y pernoctar en la cima para continuar a la mañana siguiente. Sin embargo, el temprano verano nos jugó una mala pasada y una lluvia torrencial nos aguó los planes.

Llueve desde Meteora

Vistas de Kalambaca desde los monasterios

Ante la falta de alternativas, decidimos dormir en un modesto hotel familiar del pueblo, donde una protectora recepcionista puso en duda nuestra cordura, así como la caballerosidad de mi compañero por “dejarme” dormir a la intemperie en vez de en un hotel de cinco estrellas. Tal fue la tragedia griega, que la indignada mujer no me permitió pagar a mi, instando a Rober a que era un deber moral ofrecer un alojamiento digno a la dama que le acompañaba. Por más que insistimos, su tozudez no quiso escuchar otros puntos de vista.

A pesar de estar viviendo una situación muy cómica, (nuestra amiga intentaba expresarse en un inglés muy rudimentario y con gestos propios de una histrionisa) no pudimos sentir pena y decepción al observar cómo ella, a pesar de ser una mujer que no llegaba a los 45 años, seguía teniendo la concepción del hombre como un ente salvador y protector y a la mujer como alguien débil y dependiente.

La mujer se despidió de con un “You know tripadvisor? Put a comment!”. Todavía nos reímos de aquello.

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Monasterios de Meteora

Ioánnina y nuestra primera experiencia viajando a dedo

A la mañana siguiente pusimos rumbo al próximo destino: Ioanina. Esta vez queríamos hacerlo a dedo. Como dos niños pequeños que se proponen llevar a cabo una travesura, escribimos con empeño y mimo “Ιωάννινα” (nombre de la ciudad en griego).

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Habíamos leído en distintas páginas, como Hitchwiki, que Grecia era uno de los países más difíciles, junto con Italia y España, para hacer dedo. A pesar de las advertencias, cargados con la mejor de las intenciones e irradiando optimismo nos dirigimos hacia la carretera que conducía a Ioánnina.

No pasaron muchos coches, pero tras una hora intentándolo, empezábamos a desesperar. Vimos cómo una furgoneta pasó de largo cuando casi cuando estábamos a punto de abandonar. Pero los dados del destino tiraron a nuestro favor y ¡la misma furgoneta que había pasado de largo volvió a buscarnos! Eran dos familias italianas que habían alquilado una Van para viajar por Grecia. El recorrido duró tres horas y la conversación solo cesó una vez que llegamos a nuestro destino. Felices y agradecidos por haber dejado que el camino nos cruzase, nos despedimos de ellos.

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En este viaje no disponíamos del tiempo suficiente como para hacer paradas largas en un mismo sitio. Por esa razón, ese mismo día quisimos poner rumbo al siguiente país de nuestro tour por los Balcanes: Albania.

Intento de cruzar a Albania parte 1

El gusanillo de hacer autostop se había despertado y queríamos repetir la experiencia para llegar a Albania. De nuevo nos situamos a la salida de la ciudad esperando que algún coche nos recogiese.

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Tras tres horas de espera y con el atardecer cayendo, pensamos que ese no era nuestro día para llegar a Albania a dedo. El hecho de que pasaran muchos coches y una gran mayoría nos mirasen extrañados y riéndose por la "cómica" situación, nos dio a entender que el autostop allí no era muy común. Por otro lado, en un posterior análisis, supimos que poner "Albania" en el cartel nos había hecho pasar desapercibidos ante muchos coches que iban en esa dirección pero no llegaban a la frontera del país. Ellos nos podían haber acercado a nuestro destino, pero como dos novatos que intentan aprender, asumimos el fracaso y decidimos ir a la estación de autobuses para ver opciones para el día siguiente.

Mientras pensábamos dónde pasar la noche, un entrañable señor se nos acercó para curiosear de dónde éramos y qué hacíamos ahí. Rober intentó comunicarse con él (no sé en qué idioma), y para mi sorpresa, parecía que torpemente se entendían. Tras una hora de conversación, el señor, muy decidido, se levantó y nos pidió que le siguiéramos.

Rober, borracho de historias en las que la gente aparecía de la nada y te ofrecía su casa como alojamiento, no tardó en seguir al hombrecillo, pensando que nos dirigiría a su humilde morada. A pesar de que yo insistiera en que no me daba esa sensación, decidimos acompañarle con su bici. Tras un rato caminando, al doblar una esquina vimos cómo la señal de HOTEL aparecía ante nosotros. No pude evitar reírme en silencio y mirar a Rober para ver su reacción. Él tampoco pudo evitar esa risa silenciosa, que evidenciaba su equivocación y más aún sus ganas de aventura y hospitalidad espontánea.

A pesar de no cumplir las expectativas de mi compañero, el hombrecillo nos llevó a un modesto y económico hotel y, con las manos en el corazón, le agradecimos enormemente que hubiese tenido ese detalle tan bonito con dos desconocidos.

Abuelo al hotel

Grecia había sido un buen comienzo de viaje, nos permitió sentirnos más cerca su historia y su actualidad y nos despedimos de ella sabiendo que algún día volveríamos para seguir conociéndola.

Si quieres saber cómo llegamos finalmente a Albania te lo contamos en este post.

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Jose Luis

4 years ago

Leer vuestras anécdotas también es otra forma de viajar, gracias por compartir.

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