Sarandë

Recorrido mochilero por los balcanes: Albania (II)

Esa mañana la alarma sonó insistente varias veces, e insistentemente la apagamos, intentando retrasar nuestro amanecer. Cuando nos pareció demasiado descarado seguir haciéndolo, no quedó más remedio que levantarse y ponerse en marcha. Debíamos dirigirnos a la estación y coger un autobús que nos llevase a la frontera con Albania. Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos diciendo adiós a la magnética Grecia.

La angustia de cruzar fronteras

El autobús nos dejó en Kakavia, la línea divisoria de ambos países. Una vez más experimentaría una nueva sensación: atravesar una frontera a pie.

Reconozco que estaba nerviosa, muy nerviosa. Nadie estaba cruzando de esa forma, no sabía si los policías nos harían preguntas sobre cómo saldríamos de allí (queríamos omitir la parte de hacer dedo con ellos), también me invadían las dudas sobre si alguien nos querría llevar y, en caso negativo, si tendríamos opciones de transporte público. Me asustaba que nos quedásemos sin alternativas en ese limbo entre países.

Supongo también que los coches de familias humildes con niños, llenos de pertenencias en las bacas y con los rostros entristecidos, no contribuían a generar un clima agradable. Tanta incertidumbre me quemaba por dentro y mi mecanismo de defensa en ese momento fue comerme un melocotón. Sé que suena ridículo, pero de verdad que no encontré otra alternativa y los nervios me dan hambre.

Frontera Grecia-Albania

Kakavia, Grecia, frontera con Albania. Solo sonreí para la foto

Antes de cruzar al otro lado, pedimos a varios coches que nos llevasen, pero todo fueron negativas. Nadie quería jugársela antes del control policial con dos mochileros que no conocían. Decidimos entonces esperar a la salida, eso les daría más confianza.

No tuvimos que demorar, el primer coche que pasó se paró ante nosotros. En seguida sacamos nuestro glosario de términos libaneses y un mapa para señalarles hacia dónde nos dirigíamos. Era un matrimonio que parecía no entender libanés, probamos entonces con el griego, el inglés y nada. No fue hasta que musitaron apenas dos palabras para decirnos que el coche iba muy lleno cuando reconocimos que eran italianos. La complicidad mediterránea apareció en nuestras caras y no hubo más que hablar. Nos hicieron un gesto invitándonos a subir, hicimos hueco en la parte trasera y nos metimos de cabeza.

Sarandë y el turismo más económico que jamás vimos

El matrimonio ya retirado nos confesó que pasaban todos los veranos en Sarandë, por el encanto que derrochaba el sitio costero y lo económico que resultaba pasar allí unas semanas. Durante el camino, la abuelita italiana no paraba de ofrecernos grissines, diciéndonos con firmeza “manga tú”, acompañándolo del gesto de mano que evidenciaba su procedencia.

Tardamos algo más de una hora en llegar a la ciudad y durante ese tiempo establecimos un bonito vínculo con nuestros compañeros. En nosotros afloraba ternura por esa pareja que, a pesar de los años, seguían teniendo una mirada enamorada y se besaban las manos durante el viaje; a ellos, sin embargo, les nacía el instinto paternal de protección hacia nosotros. No recuerdo las veces que nos dijeron que nos cuidáramos cuando tocó despedirnos.

Sarande, Albania

Vistas del puerto de Sarandë, Albania

Una vez en la ciudad la exploramos, buscando algún sitio para hacer vivac. Hitchwiki nos recomendaba unos pisos abandonados para pasar la noche, pero esa zona parecía ser bastante precaria y la mendicidad allí abundaba, por lo que decidimos buscar otro sitio.

Paramos en un bar para coger el WiFi y buscar alternativas mientras tomábamos unas cervezas. Fue aquí cuando nos dimos cuenta de lo sumamente barata que era la vida allí: un tercio apenas costaba 70 céntimos. Esa noche cenamos en un restaurante casi metido en el mar y con unas vistas espectaculares. Un plato de pasta copioso, una pizza y dos copas de vino no llegaron a costar 12 euros.

Sarande, Albania

Camino a Tirana en la furgoneta del infierno

Terminamos de cenar y quisimos ir a buscar de nuevo un lugar para dormir, pero al doblar una calle unos hombres nos pararon y muy exaltados nos dijeron que si íbamos hacia Tirana. Pensábamos ir a la mañana siguiente, pero qué mejor que un viaje nocturno para ahorrarnos una noche de hotel. Negociamos el precio y no dudamos en subir.

El vehículo era un injerto de minibús y furgoneta. Los asientos eran muy bajitos y el espacio muy reducido. Estaba lleno de gente de todo tipo, desde campesinos que se bajaban a mitad del camino, en medio de la nada, hasta mujeres con niños y viajeros como nosotros. Nunca habíamos montado en un vehículo que se moviese tanto. Parecía tan inestable que no dudamos en correr para abrocharnos los cinturones, pero para nuestra sorpresa, todos estaban rotos. Dormir fue imposible por el traqueteo que llevábamos y por la infernal música turca que había de fondo. Las casi 6 horas de viaje fueron toda una comedia.

Descubriendo Tirana a través de Geocaching

Llegamos a la capital aun de noche, recibidos por una imponente escultura de la bandera del país iluminada por una luz roja. Ese año se jugaba la Eurocopa y aun había forofos en las calles, intentando olvidar la derrota contra Francia que había sufrido el país esa misma noche.

Tirana

Tirana, Albania

Caminamos hasta que los bares abrieron y pudimos parar a tomar un café. Dos policías llegaron casi al mismo tiempo, pero en vez de tomar un café para afrontar el día, pidieron un chupito de raki, un licor de anís procedente de Turquía que los albaneses adoran. Nos quedamos atónitos.

Tirana no era una ciudad con grandes monumentos ni museos que visitar. La reciente guerra que vivieron los Balcanes aún se notaba en sus calles. El centro de la ciudad reflejaba una sobriedad soviética que pretendía ser elegante, con edificios comerciales y una gran zona de business. Pero solo necesitabas alejarte un par de calles para descubrir que Tirana no era todo aquello. Casas abandonadas, suciedad en las calles y gente humilde en cada rincón también formaban parte de esa realidad que la ciudad parecía querer ocultar.

Las calles escondidas eran tranquilas y cada persona que nos vió con las mochilas y mirando el mapa, venía a ayudarnos sin pensarlo, y es que si hay algo que nos sorprendió de Albania fue la amabilidad de sus habitantes.

Tirana

Tirana y sus grandes avenidas

Ese día descubrimos la ciudad jugando a Geocaching, para poder dar un giro a un típico día de turismo. Buscando tesoros escondidos por otras personas, llegamos a la Pirámide de Tirana, un antiguo museo abandonado que sirvió como base de la OTAN durante la guerra de Kosovo. También descubrimos la Plaza Skanderbeg, que hace honor al héroe nacional, la mezquita de Et'hem Bey y el Museo Histórico Nacional, con su gran mural en la entrada.

Tirana

Vista de la plaza de Skanderberg desde la Torre del reloj

Sköder y el adiós a Albania

Tras un día en la capital, decidimos poner rumbo a Shköder, una ciudad al norte del país que limita con Montenegro. Muchos mochileros que encontramos en el camino nos habían mencionado la ciudad como un buen lugar para hacer trekking. Pero a pesar de no contar con mucho tiempo para disfrutar de ella, decidimos conocerla, al menos, durante unas horas.

Descubrimos en mercado en mitad de la ciudad y nos perdimos por pasillos llenos de zapatos de todas las tallas y condiciones, disfrutamos de una cerveza y una comida de un puesto callejero en un parque y jugamos con unos niños al balón.

Skoder

Sköder, Albania

Quisimos dejar Albania atrás de la forma más auténtica que conocíamos. No pasaron ni cinco minutos cuando nos paró el coche de una pareja. Tras indicarles hacia dónde nos dirigíamos, nos subimos al coche. Ninguno dijo nada, pero ambos pensamos lo mismo: el hombre tenía pinta de mafioso albano-kosovar y la mujer, con un cuerpo 10 y perfectamente maquillada y peinada, parecía una acompañante profesional.

En mitad del camino, él le hizo un gesto a ella y las manos de esta se dirigieron hacia la guantera. Fue un momento de tensión que nos congeló a los dos. En milésimas de segundo nos dió tiempo a pensar que sacarían una pistola, pero lo que en realidad extrajo la mujer de ahí fue un "peluco" tan grande como falso. Inmediatamente se lo puso a su pareja en la muñeca y los dos se quedaron satisfechos.

No dábamos crédito. El gesto entre ellos había sido algo tan evidente que parecía que el viaje no se podía haber continuado sin el reloj en mano. Nos sirvió de lección para reafirmarnos eso de "las apariencias engañan".

Frontera Albania-Montenegro

Lago Sköder

La pareja nos dejó a un par de kilómetros de la frontera y decidimos hacer el último tramo andando. Volveríamos a cruzar una frontera a pie, pero esta vez mi sensación fue diferente, ya no sentía miedo. Disfruté del viento azotando mi cara, de las vistas del lago Sköder que nos acompañaba en nuestra caminata, sentí libertad en cada paso que dábamos hacia el control y me sentí viajera. Amé esa sensación y la recordé durante todo el viaje.

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Jose Luis

4 years ago

Qué bien me lo estoy pasando, leeros es apasionante. Estoy empezando a sentir que viajo con vosotros. Un abrazo fuerte.

Fernando

2 months ago

Hace un mes que estoy en Sarande trabajando y me alojo en el hotel Mediterane con vista a la isla griega de Corfu .
Es un lugar increible y barato , y con el idioma no hay problemas xq la mayoria entiende italiano y algunos ingles ..
Un lugar recomendable .