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Road trip por la península: entrenando en casa para jugar en el mundo.

Hola! Me llamo Roberto y llevo 2 años y medio planificando dotar del mayor de los sentidos, del mayor de los significados a cada una de las palabras que continuarán a este post.

Planificar es una palabra que se puede volver muy compleja, recorre desde el menor de los detalles, como la marca de los mapas que vas a utilizar, hasta cosas que ni siquiera te planteas. Esos detalles, situaciones, mañas que vas cogiendo, se pueden entrenar, y por eso hemos hecho un viaje este verano.

No puedo imaginar la cantidad de veces que me va a tocar hablar de mi país, de los tópicos repetidos incansablemente que aprenderé a desmentir de memoria. Aparte, también me va a tocar debatir sobre rincones y datos que una vez leyó alguien que le contó a uno que le resopló a su perro…
Para que no me pillé desprevenido, esto me sirve como excusa perfecta para dejar visitadas todas las ciudades etiquetadas de “ay, Tengo que ir…” que me faltaban. Por todo eso y más, antes de nuestro gran viaje (más grande en mi cabeza no puede ser ahora mismo) Marina y yo hemos querido probarnos haciendo un Road trip por la península.

Antes de este verano había una expresión que me inquietaba un poco:“a la intemperie”. Dos años y medio, casi tres ya, dan para imaginarte todo tipo de problemas y soluciones dignas de Mc Giver cristalizando una y otra vez en tu cabeza en una mezcla vigorizante e insegura al mismo tiempo. Si buscas en el diccionario la expresión, pone literalmente “expuesto al aire libre, sin techo ni protección”, sin embargo, a mi yo del 14 de julio de 2017, la palabra protección le quedaba grande un techo de tela o incluso a la carrocería del coche.

Además de esa incertidumbre hacia la intemperie, queríamos desquitarnos de otras tantas sensaciones vírgenes que nos quedaban por sentir. Planificar implica entrenar.

En Lisboa más que aprender y desvirgarme, me confirmé. Confirmé que el hostel prefabricado de turistas alternativos es una realidad. Confirmé que al amparo del turismo insostenible que se está fraguando, el hostel más barato destiñe impersonalidad en cada mirada evitada, en la mayoría de los encuentros con, a tu parecer, infinitos huéspedes. No te confundas porque esto no es una crítica, es otra parte del entrenamiento planificador, pues leeré estas palabras en unos meses o años y me sabré aprendido a disfrutar cuando toque un hostel de este tipo en el camino, e incluso creo que en ciertas ocasiones lo necesitaré y agradeceré.

Barrio de Alfama, Lisboa.

Lisboa no sé cómo lo hace, pero logró evitar en mí esa sensación de masificación que todos los medios analizan, es como ese dulce insano que los fabricantes se esmeran en que parezca hecho por tu abuela; lo tocas, lo hueles y lo saboreas con la conciencia engañada y satisfecha, obviando la imagen de tu abuela con bata blanca echando conservantes que ni sabe pronunciar; obviando tantos edificios apuntalados o en reformas para albergar el próximo hotel de lujo, obviando una Lisboa que sale de su decadencia encantadora por la vía rápida.

La disfruté. Sus colinas y miradores reverberaron cuantas veces lo pedí sencillez y bienestar, vi a los Gipsy King con una brasileña en una suerte de azar con aroma a entrenamiento, encontré vida y libertad de nuevo en Alfama, la jaula más contradictoria que recuerdo.

Siguiente objetivo: Sentirse perdido durante unos días. El road trip propiamente dicho empezaba. Si nos preparábamos para llevar nuestro hogar en una mochila, nos parecía lógico empezar con un hogar itinerante. Los pocos m² de “La Ballena”, fueron lugar de agobios, risas, sustos, refugio, versatilidad… Estamos preparados para quitarnos esa última capa de protección.

Marina atardecer para blog

Mirador de graça, Lisboa.

A partir de aquí, con una pequeña parada en la ciudad que me gusta imaginar que un niño con buen gusto diseñó: Sintra, fuimos confirmando mirada a mirada lo que tantas opiniones nos habían vaticinado sobre la costa portuguesa. Exploramos playas que nos hipnotizaron, que nos absorbieron, que nos surtieron. Dormimos en dunas, zorrillos mordieron nuestras chanclas mientras soñábamos y los caminos se hacían menos pesados de arriesgarlos. El entrenamiento iba viento en popa y sus sensaciones fue gasolina para el caribe cercano.

Playa libre

Playa libre, conocida como Do Pinheirinhos. (1)

Sin lugar a duda, la gran parada fue la playa de Pinheirinhos (https://goo.gl/maps/LEJE2Fnfty62) La casualidad junto con Google maps nos llevó a una playa que se estrenaba con cada paso, cuya tranquilidad te invitaba a vivirla por semanas. El ritmo del viaje nos exigía dejarla atrás sin esperar nuestro hartazgo, pero de todo se conjugaba aprendizaje y reflexión, y sabíamos que esa tristeza nos va a ayudar a valorar los planes sin fecha que vendrán.

Playa do Pinherinhos

Playa libre, conocida como Do Pinheirinhos. (2)

De la misma manera que valoraremos los planes sin fecha, creo que echaremos de menos cruzar fronteras difuminadas como son las que hay entre Portugal y España. Los carteles cambian en la carretera de color… y estás en otro país.

Esta segunda parte de nuestro viaje se convirtió en la parte del entrenamiento cuando empiezas poco a poco a sentirte fatigado, quieres recuperar las sensaciones del principio y necesitas dar el doble de protagonismo a la parte psicológica. “¡No existe un rincón de playa española sin gente!”. Esta frase taladró nuestro ánimo los primeros días de tour español, las energías que habíamos usado para disfrutar tuvimos que emplearlas en llegar a la playa, o encontrar playa que nos diera la posibilidad de dormir en los alrededores.

La lucha psicológica por no añorar la comodidad que días atrás nos recordábamos besando hizo mella, pero nos reinventamos. Dirigimos el coche un poco hacia el interior y acertamos, conocimos Vejer de la Frontera y encontramos una ciudad cuca, cuidada y muy acogedora, que te abrazaba con unos brazos blancos de siglos pasados.

Vejer de la Frontera

Vejer de la Frontera, Cádiz.

El viaje siguió su curso hacia playas más al norte hasta Alicante. Visitamos Cabo de Gata para reencontrarnos con playas casi desiertas y con la determinación de que ya nos sobraba el coche. Durante esos días descubrimos que esa capa de protección extra que nos separaba de la intemperie, a su vez, se volvía una barrera que nos alejaba de la gente. Queríamos más interacción social.

Conseguimos que la incertidumbre asustara mucho menos, y poco menos de 20 días sirvieron de aperitivo perfecto para tanto que queda por venir, por fotografiar, y por escribir.