Puente Arboletes_Colchín Finito

Dos reglas viajeras que aprendimos en Arboletes

Tras conocer al que sería nuestro primer ángel en el camino, pasamos dos días en Necoclí, una pequeña ciudad que encontramos caótica y a la que no conseguimos descubrir su encanto. Quizás fue porque allí ni siquiera el cementerio parecía un sitio tranquilo para acampar o porque el hotel más barato que encontramos (por unos 10 euros) tenía un agujero en la pared, tapado con una rejilla, donde podías ver ratones correteando de un lado a otro.

Por unas cosas o por otras, en nuestro afán por seguir descubriendo joyas colombianas, decidimos ir a Arboletes, un pequeño pueblo cercano que nos habían recomendado. Sin saberlo, pusimos rumbo a un destino que nos enseñaría dos reglas que, desde entonces, siempre tenemos en cuenta al viajar.

Primera regla: no siempre la opción más fácil es la mejor

Salimos de la ciudad para dirigirnos a la carretera que nos llevaría a Arboletes y una vez elegido el sitio idóneo, empezamos el ritual: colocamos perfectamente nuestras mochilas para que fuesen visibles, sacamos nuestra bandera de España y alzamos el dedo, expectantes por saber quién sería nuestro siguiente compañero de viaje.

Era hora punta, decenas de niños salían de la escuela y las moto-taxis impedían que los coches nos viesen. Cuando llevábamos 10 minutos esperando, un hombre con una furgoneta que transportaba pasajeros nos propuso llevarnos por 10.000 COP a los dos (unos 3euros) pero declinamos. Esa era la opción fácil y nosotros no buscábamos un mero transporte, sino a alguien con quien compartir una charla y un viaje. El conductor de la furgoneta se fue maldiciendo y prometiéndonos que nos acordaríamos de él cuando no encontrásemos a nadie que nos llevase más barato. Definitivamente no había entendido nuestro propósito.

Solo cinco minutos después un camionero (o mulero, como dirían en Colombia) aceptó llevarnos a Arboletes. Nos alegramos al conseguir lo que buscábamos: una persona local con la que compartir un viaje y una conversación desinteresada. Fabio era un hombre muy religioso; durante el trayecto nos contó cómo Dios le había salvado dos veces de la muerte, una por casi ahogarse en un río y otra por un accidente con su camión. El camino fluyó entre chistes y religión y pronto nos vimos en la entrada del pueblo. Nos despedimos del mulero agradeciendo ese tiempo compartido.

La llegada a Arboletes

Ya en Arboletes, recorrimos la ciudad y fuimos a la zona comercial para comprar algo para cenar. Estaba sentada en la acera, esperando a que Rober comprase agua, cuando una voz me preguntó: “¿Por cuánto llegaron al final?”, ¡era el señor que se había ofrecido a llevarnos por 10.000 pesos! Paciente y orgullosa le sonreí diciendo que un mulero nos había traído sin ningún interés de por medio. Vi cómo en su cara se desdibujó la sonrisa chulesca y victoriosa que tenía preparada para, en un giro del destino, pasar a dibujarse en la mía. No fue el sentimiento más sano, ¡pero fue todo un momentazo!

Así aprendimos que, a veces, la opción más fácil no siempre es la que te da mejor resultados y que, siendo un poco pacientes podíamos llegar a conocer a gente que buscaba lo mismo que nosotros: el simple hecho de compartir y conocer a la persona de en frente.

Segunda regla: déjate llevar por tu instinto y fluye

Después de aquel episodio recorrimos la costa para buscar un sitio donde poner la carpa. Un camping nos ofreció sus servicios, pero de nuevo aquella nos pareció la opción fácil y, al no buscar ninguna comodidad más que la de tumbarnos en nuestro colchón finito, nos pareció que el precio era elevado.

Al lado del camping había una zona que parecía tranquila y los vecinos y nos aseguraron que aquel era un sitio seguro para dormir, así que decidimos instalarnos. Estábamos cenando frente al mar, con una luna llena tan gigante que cualquier farolillo se hacía innecesario, cuando en la esquina vimos cómo un fotógrafo intentaba captar al satélite en todo su esplendor. Él también nos observó y no dudó en acercarse para saber más de nosotros. Era un trabajador de la organización ecologista frente a la que estábamos acampando y cuando supo que pretendíamos dormir allí, en seguida nos ofreció una habitación vacía que tenía en su casa. En realidad, estábamos tan cómodos allí que ese día nos apetecía dormir bajo la luna, pero intercambiamos los teléfonos para encontrarnos al día siguiente.

Playa Arboletes_Colchon Finito

Playa de Arboletes al atardecer

La extraña relación entre de Aida y John

Minutos después la vecina de al lado se acercó con un pequeño lorito en su hombro para preguntarnos si necesitábamos algo. Nunca antes había requerido sal de ningún vecino, pero en ese momento era lo que le faltaba a nuestra cena improvisada.

En su casa conocí a su “esposo”, un exmilitar de Gales retirado que estaba disfrutando de su jubilación en Colombia. John parecía estar encantado de que hablara inglés y no dudó en ofrecernos una habitación que tenían libre para que pasáramos la noche. Era la segunda vez ese día que alguien nos invitaba a su hogar y nos pareció que no podíamos declinar más la oferta.

Nos trasladamos a la casa y con unas cervezas en la mano descubrimos que Aida y John no podían comunicarse con fluidez; ella no hablaba inglés y él, a pesar de querer jubilarse en Colombia, parecía que no tenía mucho interés en aprender el idioma. La situación se tornaba extraña, pues nunca fluía una conversación compartida. Por detalles que nos iban contando, parecía que se habían conocido a través de Tinder en Medellín y después de dos meses juntos decidieron mudarse y hacer una vida común en Arboletes con el loro Nacho y Mamita, la abuela de Aida.

John no paraba de beber cerveza y Aida le excusaba ante nosotros diciendo que era por el calor, mientras le repetía en un spanglish muy practicado “hoy no más beer”. Esa noche nos dormimos con el sonido del mar, agradeciendo de nuevo que en el mundo hubiese personas que abrían de esa forma las puertas de su casa.

Al día siguiente, la familia nos llevó a un hotel cercano para que pudiésemos ver los loros y las iguanas que había en su jardín y más tarde decidieron que iríamos a casa a comer.

Guacamayos_Colchon Finito

Guacamayos que había en el hotel de Arboletes

John nos repitió varias veces que él se encargaba de cocinar pasta para todos y que haría una versión vegetariana para nosotros. Rober y yo pusimos la mesa en el porche, esperando compartir el almuerzo todos juntos con unas increíbles vistas al mar. Pero cuando nos quisimos dar cuenta, Aida y Mami ya habían comido y John, muy atento, nos había servido nuestros platos, pero se había encerrado en su habitación a comer solo mientras veía el fútbol. Nos quedamos con cara de tontos y sin saber cómo reaccionar por unos instantes, y, a pesar de la delicia de pasta vegetariana que nos había preparado el galés, la comida tuvo un sabor amargo.

Los regalos de Mamá Tierra

Después de comer, Aida nos quiso acompañar al volcán de lodo, la experiencia que más nos apetecía probar en Arboletes. Bañarnos en el volcán fue como recibir un tratamiento de belleza gratis, a cuenta de la Pachamama.

El volcán desprendía un olor que se asemejaba al azufre, y es que, este tipo de formaciones tienen su origen en yacimientos petrolíferos y es en Colombia y en Venezuela donde más volcanes de lodo se encuentran en el mundo.

Volcán Lodo Arboletes_Colchón Finito

Rejuvenecidos tras el chapuzón en el Volcán de Lodo, Arboletes

Fue toda una explosión sensorial, el lodo no permitía que te hundieras y nadar sobre él se hacía lento, pesado, pero fascinante como cualquier “primera vez”. Llegamos al centro del volcán, de donde emanaba más y más lodo y sentíamos desde la punta del pie cuándo iba a brotar una nueva burbuja, reíamos como niños esperando a que llegara la siguiente.

Durante el camino Aida de vuelta nos contó que John era una persona muy celosa y obsesionada con quién pasaba tiempo su “esposa”. Con la información que nos llegaba por separado de la pareja y de la abuela, concluimos que el galés les mantenía sin esfuerzo, pero a cambio Aida debía ser una mujer fiel y sumisa. En esa relación, el idioma, el entendimiento y el disfrute de una conversación no importaban, porque, al parecer cada uno le daba al otro lo que necesitaba en su sentido más básico.

Después de saber todo esto nos sentíamos más y más incómodos en su casa, por otro lado, habíamos quedado con nuestro amigo el fotógrafo, así que decidimos despedirnos de ellos con un fuerte abrazo y agradeciendo su hospitalidad de todo corazón.

Un cambio de energías

Conocer a Will y Lina, su amiga, fue romper con toda la tensión que traíamos de la casa de John y Aida. La atmósfera cambió totalmente al sentir que la conversación fluía y era sana. Llenos de energía de nuevo, dejamos las cosas en su casa y fuimos a cenar a un puesto de arepas callejeras, para después terminar la noche en la playa con una botella de ron. Allí conocimos a Patricio, un malabarista chileno que había conseguido lo que ni su familia y amigos creían: llegar al Caribe con poca plata. Cuando la botella de ron se hubo acabado, Will y Lina nos convencieron para que nos quedásemos un día más. Nos sentíamos tan bien que no tuvimos más remedio que aceptar.

Will era un experto en avistamiento de aves, orgulloso nos contaba que tenía su propia empresa de ecoturismo y, a veces, más que hablar, nos enseñaba absorto la pantalla de su móvil para que viésemos todo aquello que él había conseguido retratar. Ese día quiso que nosotros mismos contemplásemos también algunas de las maravillas que tiene la biodiversidad colombiana. Aunque no vimos todo lo que a él le hubiese gustado, disfrutamos de observar todo tipo de pájaros y que alguien nos dijese su nombre técnico y alguna que otra curiosidad.

Cerramos nuestra última noche en Arboletes enseñando a nuestros amigos colombianos el sabor de una tortilla de patatas casera. Y sí, ¡triunfamos!

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En la excursión con Will vimos muchos pájaros, pero ninguna foto salió buena. ¡Las hormigas salieron favorecidas!

La próxima parada y los malabares del destino

En ese punto del viaje parecía que el destino lo tenía todo preparado para nosotros. Esperando a que Will saliera de su trabajo conocimos a Leticia, una compañera suya que vivía en Montería, la ciudad más grande y cercana a Arboletes. A pesar de que en nuestro mapa mental estaba señalado ir a Puerto Escondido, Leticia nos aseguró que la ciudad nos gustaría. Sin pensárnoslo más, cambiamos nuestra siguiente parada por buena compañía y situaciones no planeadas. Organizamos con ella que saldríamos al día siguiente hacia la ciudad.

Fuimos en la parte trasera de una camioneta, un vehículo de transporte público muy usado en Colombia, y por el camino charlamos, sobre todo, de su hijo, un adolescente que preocupaba mucho a su madre.

Leticia nos abrió las puertas de su casa y nos enseñó lo más bonito de Montería: su parque, lleno de iguanas, pájaros y monitos, que de vez en cuando, se dejaban ver. De camino al lugar pasamos por calles oscuras y nada amigables, donde encontramos a más de una persona jugando con “basuco”. Montería también tenía su lado oscuro de noche.

Monteria_Colchón Finito

Una de las iguanas del parque de Montería

Magia: cómo hacer desaparecer y aparecer un pasaporte

Cuando nos instalamos en casa de Leticia me di cuenta de que no tenía ni mi pasaporte ni mi cartilla de vacunación. No lo podía creer. Todo el viaje lo había estado protegiendo con suma cautela y de repente había desaparecido. Intenté hacer memoria y me figuré que se me habría extraviado en el hotel de mala muerte en Necoclí. El teléfono que aparecía en Google no daba señal y no había forma de contactar con ellos. Leticia no tardó en hacer algunas llamadas a unos colegas, que nos aseguraron que se pasarían por el hotel para saber si se quedó allí.

No sabíamos cómo agradecer a Leticia esa amabilidad y al día siguiente nos levantamos a las 6 de la mañana para ayudarle con las tareas del hogar. Mientras Rober limpiaba con esmero la entrada de la casa, yo intentaba sacar brillo al patio trasero. Esa misma mañana el colega de Leticia me puso en contacto con el hotel, que me confirmó que el pasaporte y la cartilla de vacunación estaban allí. Por la tarde volvía a tener los documentos en mis manos sin moverme de casa, todo gracias a Leticia.

Para despedirnos quisimos cocinarles a ella y a su hijo, que tenía especial interés por nuestra cultura, algún plato español. Preparamos gazpacho, que venía muy bien para soportar los más de 40 grados que hacía en Montería, y unas tostas que estaban de rechupete.

Monteria_Colchón Finito

Como el título dice, esos días aprendimos dos reglas que siempre utilizamos, y es que a veces, las opciones fáciles están faltas de incertidumbre, aventura y personas magníficas que solo conoces si te dejas llevar y sigues tus instintos.