Portada Cartagena con propor

Cartagena, una ciudad de odiseas

Tres de la tarde, a nuestras 8 se encuentra el castillo de San Felipe protegiéndonos la espalda, la hilera de busetas incesantes no nos deja ni siquiera cruzar un paso de cebra, mucho menos acercarnos a Getsemaní, el barrio palpitante de bohemia que el autobusero que nos acercó nos recomendaba como opción económica dentro de la ciudad de Cartagena.

Tras nuestro paso por isla Múcura veníamos de vivir nuestra primera gran odisea autostopera. Montamos en un camión de la basura, almorzamos con un camionero y su primo pequeño en un camión que si alcanzó los 40 km/h es porque algún plátano de los que transportaba le inyectó potasio al motor, conocimos cruces de carretera ardientes donde las arepas se cocinaban solas, y un último mulero en un abrir y cerrar de ojos nos dejó colgados en una carretera a una hora en transporte público del centro. Ese transporte fue el que nos dejó a las puertas del centro histórico.

La primera vez que no tuvimos que disimular

Cuando nos preguntan si una ciudad es bonita aquí en Colombia, por un milisegundo pasa una pequeña corriente que nos dice “disimula”. Porque seamos claros, bonitas, bonitas, no son, al menos para el estándar europeo de belleza. Nos sigue costando entender la belleza a través de un ambiente o de una atmósfera que la gente proyecta, nos pasó en Medellín, por eso, cuando llegamos al centro de Cartagena, sentimos por primera vez que sus calles coloniales, su muralla, sus edificios y plazas bien cuidadas para el turista, nos permitían decir con alegría, que nos parecía preciosa.

Skyline Cartagena de Indias

Skyline de Cartagena

Paseamos durante dos días y medio por sus calles dejándonos llevar por una calma de ciudad decorada y anormalmente limpia, blindada con policía turística encargada de hacer sentir bien. Las joyerías que veíamos en cada esquina, literalmente, hace una idea del por qué.

Cartagena se divide en tres grandes zonas de interés, el centro dentro de la muralla, la zona de lujosos rascacielos hoteleros llamada Bocagrande, y la zona más alternativa donde nos alojábamos, Getsemaní. Disfrutamos actuaciones nocturnas y mucho ambiente fiestero antes de decidir conocer otra cara de Cartagena.

De La promesa a la desesperación

1ª fase: nos prometieron una casa intercultural

Movidos por conocer esta ciudad que presumíamos tan distinta en las afueras, buscamos anfitriones por Couchsurfing (una herramienta web que conecta a viajeros con locales). No encontramos muchas opciones, pero entre ellas había una que destacaba con fuerza, “La Minga”.

En la descripción se presentaban como una casa intercultural que acogía viajeros a la vez que se hacía cargo de niños de la zona, ofreciendo servicio de ludoteca, compañía, entretenimientos e intercambios de saberes entre embajadores de tantos países y pequeños que de otra manera estarían aburridos en la calle.

Niños jugando en la muralla

Niños jugando en la muralla

Cómo decir que no a eso, ¿verdad? Cogimos el autobús que nos adentró en el barrio de Nuevo Bosque de cabeza llenos de ganas.

Las cosas, sin embargo, empezaron a torcerse pronto. No eran problemas, ni siquiera en esos primeros momentos lo sentimos como inconvenientes, pues eran más las ganas por descubrir y compartir con niños la cultura colombiana.

2ª fase: nos encontramos una casa de locos

Cada detalle parecía lastrar la experiencia un poco más. Las chicas que llevaban el proyecto justo esa noche estaban en Barranquilla celebrando su famoso carnaval, habían salido ese mismo día y el plan era volver a la mañana siguiente. Esto nos lo dijeron a la vez que se les olvidó el detalle de comentar que no tenían conexión constante, que la iban pidiendo, y, sobre todo, se les olvidó darnos la dirección.

La casa aparecía registrada en Google maps, aunque a cinco o seis manzanas de distancia. Tras 40 min de preguntas cada dos calles, nos encontramos con Filippo, un pseudorastas con la cabeza trastocada, en una inconexión constante que le hacía creerse parte activa de una lucha reivindicativa vacía y absurda. Él nos llevó a la casa. La primera imagen que vimos de ella fue a una chica en la porchada esperando. La casa resultaba cerrada y ella esperaba a que alguien llegase a abrir para poder coger sus pertenencias y tomar un avión. Filippo estuvo un rato soltando retahílas de datos etéreos hasta que llegó Mafu, el amigo encargado de abrirnos.

La inconcreción y parsimonia colombiana ya se nos estaba empezando a impregnar en el cuerpo, fue en esa casa donde terminó de empaparnos. Para entrar tuvimos que hacerlo por la ventana porque el chico no tenía llaves, y a su vez, eso hacía que el espacio no se pudiera quedar vacío porque no se podría volver a entrar.

Marina Trabajando en La Ming

Marina trabajando en la Minga

Al ver nuestro semblante atónito el chico entendió la situación y se quedó esa noche con nosotros. Fue todo un bálsamo poder conocerle mejor, acercarnos a esas anécdotas y esperanzas de los suburbios de Cartagena. Su sueño era poder irse a Francia a vivir, abrazaba la cultura rasta con mucha información y lógica, y nos contó cómo empezó a ayudar a las chicas y cómo era esa casa normalmente: “esto es una situación muy rara, normalmente esto está lleno de viajeros, hasta 20, y los niños si ven la puerta abierta inundan el apartamento”.

3ª fase: la anarquía teórica y práctica no son lo mismo

En esa casa estuvimos dos noches. Se supone que las chicas vendrían al día siguiente pero no lo hicieron. La primera noche vino un viajero -el primer boliviano que me encuentro viajando-, y entre tanto, la ventana seguía abierta y los niños se asomaban por ella para preguntar si podían entrar. Eso eran los pequeños, los que de verdad querían jugar un rato, porque la voz se corrió por el vecindario y los adolescentes vieron la luz para explotar el apartamento como piso franco sin pedir permiso.

Así es como en pocas horas por la ventana hubo un goteo de temblores en el suelo cada vez que saltaba alguien por la ventana. Nosotros, viéndolo todo desde la terraza estábamos entre acojonados y flipados de lo natural que Mafu veía esa situación, cada golpe de cuerpo cayendo en el suelo era una nueva dimensión de posibles atrocidades. La noche terminó con los muchachos repartiéndose kilos de marihuana para vender en las calles de Cartagena, una atención de guardia pretoriana para que en nuestra habitación no entrasen, y una experiencia que no acababa de cuadrarnos. La anarquía práctica me estaba costando más que la teórica.

El segundo día no fue menos intenso y loco. Llegó un segundo “guardián”, Danielson, a cubrir a Mafu. Tenía muchas intenciones de demostrar su buena voluntad y hacernos sentir a gusto. Se esforzaba en que le llamásemos por su nombre en vez de “Pirulo”, su apodo de barrio. Danielson era un expandillero que vio en el conocer a extranjeros y ayudar en la casa una escapatoria de la vida de delincuente. Me contó cómo todo cambió después de una paliza que le llevó al hospital. Vivía en una dualidad de querer cambiar de vida, pero a la vez presumir de lo que controla la zona y vacilar de las fechorías que hizo. Estuvo mostrándome cicatrices “que no le gustaba enseñar” durante 15 minutos, tenía muchísimas.

Graffiti ejemplo de Danielson

Graffiti que Danielson me llevó a ver como muestra del cambio del barrio

4ª fase: lo siento Durruti, pero estoy desesperado

El día continuó, llegaron cuatro viajeros más que nos hicieron sentir protegidos y menos locos. Dentro de la anarquía en que nos encontrábamos, en una casa ajena, vacía de normas, empezaba a sentirme mínimamente tranquilo. Duró poco. Las chicas seguían sin llegar, y la situación dio un giro de tuerca más sobre las siete de la noche.

La puerta se abrió, y como un torbellino entraron mirando las habitaciones, el baño, la cocina, todo, tres personas entre las que se encontraba Filippo. Entró una mujer y pensamos que era una de las chicas que por fin llegaba, aunque pronto esa idea se hizo nada probable por su actitud hacia nosotros. La situación se puso tensa, las energías eran horribles por parte de estas personas, y Danielson empezaba a sacar su “yo” callejero.

Taller callejero Cartagena

Taller ambulante delante de la casa

Intentando controlar por otras vías el episodio, pregunté mucho hasta entender que esa chica formó parte del proyecto en su primera etapa pero que hacía ya seis meses que decidió irse a trabajar a un hostel en la playa junto a Filippo y su pareja, la tercera persona que entró. Ya fue casualidad que justo ese día decidieran volver. El panorama fue incomodo, ellos se sentían merecedores de una habitación por tener llaves de una casa que no pagaban, y nuestro guardián sabía que no era lógico. Aprovechamos que salieron a beberse las ganancias de esos meses para “irnos a la cama” y marcar territorio entre los viajeros que cabíamos allí.

Tomamos la decisión de que, aunque las chicas llegaran al día siguiente, queríamos irnos. Un encuentro fortuito con uno de esos viajeros en el futuro, en Minca, nos sirvió para saber que tomamos la decisión correcta. Nos explicó cómo el día siguiente la casa se llenó, y esta pareja montó un episodio de violencia doméstica.

Huida hacia la paz

Cerca de Cartagena existe una península de playas blancas y aguas azules masificada por cabañas a cinco metros del agua. Se trata de Barú, un lugar perfecto para desestresarse y pasar dos días de tranquilidad que sentimos como merecidos.

Logramos escapar de la exasperante masificación de mochileros que hay al principio de la playa y nos quedamos en “la biblioteca” un lugar de calma regido por una familia de un rastas colombiano, una argentina, y su hijo “Lion”. Fue especial encontrar a Aldo de casualidad, el papaíto que conocimos en Múcura. Nos dijo que sabía que iríamos, y todos los días paseaba por el final de la playa (donde más baratos son los alojamientos) para disfrutar del atardecer y ver si nos veía.

Ensalada de frutas en Barú

Disfrutando de una ensalada de frutas en Barú

Tener el tiempo y la calma para asimilar y gestionar lo ocurrido me hizo coger cariño a esa playa. Fue espacio de atardeceres y horas congeladas, la perfecta despedida a una Cartagena de contrastes y experiencias.

Escrito por: Roberto

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Jose Luis Llopis

3 years ago

¡Jo! con Cartagena, o mejor dicho La Minga, vaya episodio aunque por otra parte quizá gracias a él fuera tan gratificante las playas y la estancia en Barú.

Lamento decir que siempre me quedo con ganas de más, pero supongo que eso daría pie a un libro y esto son solo “post” que ya es bastante.

Sin ánimo de presionar ya estoy pensando en la próxima entrada. Ja, ja, ja.

Besos y abrazo fuerte,

Jose Luis

colchonfinito

3 years ago

Llegará, llegará pronto! Un abrazo enorme!

Alberto Hermosel

3 years ago

Más fotos y vídeos please!!!

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