Siesta en el mercado de San pablo del lago

La montaña se nos viene encima (Sierra de Ecuador II)

Eran las 3 y media de la tarde, desde Latacunga viajábamos con un entrenador canino de la policía que volvía a Quito tras impartir una formación en el centro del país. Allí nos dirigíamos, a la capital de un Ecuador que llevábamos viajando poco más de un mes.

Hicimos base intermitente por dos semanas en la casa de una amiga próxima a mi familia, allí vivía su hermana y sobrina. Fue allí donde tuve una reflexión surgida y soltada al momento.

Quito
Vistas de Quito y la virgen del Panecillo.

Planes sobre un mapa y ganas de explorar

Estando en Quito hicimos hogar y familia, me corté la melena y tratamos de armar un plan auténtico. Vimos en el mapa de carreteras que una secundaria, próxima a la ciudad de Otavalo, se metía hacia territorios sin más conexión que esa pequeña vía. Tenía forma circular y por tanto podíamos terminar la ruta en la misma ciudad, a hora y media de Quito. Además de eso, de camino pasábamos por la laguna de San Pablo y la cascada de Peguche, dos atractivos turísticos más locales.

Nos pusimos manos a la obra. Dejamos todo lo prescindible para esos días en Quito, cogimos un bus hacía las afueras y empezamos el dedo camino hacia Otavalo.

Pisamos San Pablo del Lago 3 autos después. Allí pasamos un rato por el mercado, como nos encanta hacer, para comer, encontrar energías del pueblo y otear cómo respira. Se notaba que está cerca de una arteria de tráfico del país. Encontramos un pueblo amable, que también nos dejó algún personaje pintoresco.

Hombre curioso en el mercado
Hombre se asoma a observar.
Después de incluso una siesta esperando a que el chispeo parara, fuimos caminando en busca del lago y algún lugar resguardado donde poder acampar. Hicieron falta hasta 5 indicaciones de personas a cada cual más auténtica para llegar a la única zona con edificaciones al borde del lago. Una amalgama de centro cultural-escuela, feria fuera de servicio y cabaña de renta de kayaks fue lo que encontramos.
Marina comprando en el mercado
Marina comprando en el mercado.

Aquel lugar durante los meses de calor es un centro de muchas actividades, como carreras para cruzar el lago que se celebran periódicamente y de allí salen. Sin embargo, durante los meses de frío parece un lugar abandonado.

Dos perritos cuidaban de la caseta fingiendo bravura por unos 20 segundos, algunas personas salían del centro-escuela y la tarde volvía a caía prematuramente por el cielo cubierto de nubes.

Confiamos en la paz que se respiraba en los alrededores para decidirnos por dormir en el espacio próximo a la caseta que su techado dejaba seco. A esas alturas era la única opción, pero aun así no lo sentimos forzado.

Acampando bajo un techado de alquiler de Kayaks
Choza de alquiler de Kayaks bajo la que acampamos.

La misión express del misionero

Despertamos tras una noche de lluvias intermitentes, razón por la que tuvimos que extender la parte exterior de la tienda de campaña durante unas horas. Usamos ese tiempo para relajarnos en ese enclave tan tranquilo. Durante la pronta mañana pescadores con pequeños kayaks recorrieron el lago y operarios bombeaban de la escuela el agua que durante la noche había inundado el centro social.

Recogimos horas más tarde y nos adentramos al camino principal para encontrar algún carro que nos pudiera acercar a las cascadas de peguche.

Tuvimos que caminar más de una hora y no pintaba mucho mejor. La calle principal estaba cortada por unas obras y el tráfico estaba desviado. Cuando ya rondaba por nuestras mentes hacer una noche entre medias de los dos puntos objetivo del día, al poco de pasar los trabajos de construcción,  un coche asomó el morro por una calle lateral. Venía cuesta abajo con cuatro personas en el interior; detalle que solo pudimos ver una vez habíamos sacado el dedo y empezado a gesticular. En cuanto vimos la situación paramos de mover la mano automáticamente.

Lago de San Pablo
Imagen que nos encontramos al amanecer en el lago de San Pablo.

Dio igual, porque poco después dos mujeres indígenas y una mujer caucásica de casi setenta años se nos estaban presentando con mucha educación. Nos condujeron al auto en el cual esperaba un sonriente anciano. Sin mucha oportunidad de hablar nos subimos al auto empujados por la actitud de las mujeres que nos confirmaron caminarían solo un par de minutos hasta la iglesia.

El hombre, también de piel blanca balbuceaba un español suficiente para entablar pequeñas conversaciones. Nos contó que eran misioneros estadounidense en la zona desde hacía más de 10 años. Alzando los valores más honrados del catolicismo, hacía el favor de llevarnos. Eran personas muy puras, enseguida pudimos sentirlo. Estaban tan inmersos y dedicados a su labor que sabían mucho mejor el quechua que el castellano.

Dios nos envío a su misionero más cercano y evitó una caminata que empezaba a ser desesperada.

Cascadas de Peguche

Caímos enseguida en las puertas del poblado de Peguche, en un cerro a las espaldas de Otavalo.

Descendimos unas escaleras hasta una zona en planicie que recibía el pueblo. La poca población que se hacía cargo del parque y alrededores vivían casi exclusivamente del ecoturismo. Era una comunidad indígena autodeclarada, con normas de convivencia consensuadas entre ellos.

Un riachuelo que cruza Peguche
Uno de los riachuelos que cruza Peguche.

Pagamos una cantidad simbólica por la entrada al parque y el permiso de acampada. Es un parque lleno de eucaliptos centenarios, lo atraviesa una hermosa cascada y varios riachuelos. Alrededor de los ríos tiene la frondosidad de la continua humedad, todo brilla el verde intenso de la abundancia, mientras que en el espacio restante los eucaliptos dominan el suelo y crecen altos compitiendo por la luz.

Esa poca luz impide que crezca mucha vegetación a nivel del suelo lo que hace que el terreno sea perfecto para caminarlo y hacer zonas de camping y cabañitas para alquilar.

Marina junto a un amigo antes de acampar
Marina junto a un amigo improvisado mientras buscamos dónde acampar.

Acampamos y aprovechamos un mini vacío legal. Llevaba lloviendo varias semanas de manera constante y los días anteriores no fueron diferentes. Todo el piso era un barro muy cómodo pero húmedo por días (tanto era así, que la poca variedad de plantas bajas y medias había provocado debilitamiento en las raíces de los eucaliptos). Así que nos refugiamos debajo de una de las cabañas, que se alzaban sobre el suelo justo el alto de nuestra tienda. Estaba seco y resguardado.

Se viene otra pesadilla de soslayo

De casualidad elegimos la cabaña que no se ocupó aquella noche. Un grupo de amigos se repartió entre las otras dos. Llegaron sobre las 8 de la tarde y a las 9 ya salían hasta la madrugada. Eso nos permitió tener una entrada en el sueño magnífica, en paz y silencio.

Mientras nos quedábamos dormidos, estuvimos prestando atención a la cantidad de sonidos que ocurrían cerca. Craqueos, viento moviendo las ramas, pequeños sapos del río, una orquesta en paz. No duró mucho tampoco, seamos honestos. La paz la rompió una tropilla de caballos que trajeron del pueblo para pasar la noche en la planicie del camping. En fin, pisotones y sonidos distintos de los pencos se sucedieron hasta las 12 que pudimos dormir.

Maraña de cables Quito
Justo la imagen de lo que huíamos.
Dormimos muy bien, de tal forma que nos permitió ni sentir la vuelta de los vecinos. El sueño profundo se mantuvo hasta las cuatro menos cuarto de la madrugada.

CRAAAAAAAAAACK!!

Los relinches me despertaron. En un microinstante supe que es lo que estaba ocurriendo. Ese sonido tan particular ya lo había escuchado en el voluntariado en Mishaualli, solo que este estruendo sonaba cerca, encima, por todas partes.

Las raíces de uno de los eucaliptos centenarios estaba resquebrajando la tierra humedecida por semanas. El suelo no pudo aguantar el peso de un árbol de más de 30 metros balanceándose por el viento. El estruendo del tronco mientras caía y  rompía las ramas de los árboles vecinos fue suficiente para resignarme. Me dio tiempo a ponerme de rodillas, sujetarme la cabeza y fucking aceptarlo todo. La suerte estaba echada, hasta ahí había llegado.

Cascada Peguche
Frente a la cascada de Peguche.

Por fín retumbó y se sintió brutal, yo no he sentido caer nada parecido con esa rotundidad.

Por suerte mi pose seguía intacta, buena señal. Los vecinos rápidamente empezaron a llamarse y comprobar si estaban bien. De una de las cabañas pudimos apreciar que sus llamadas y cadencia de voz no eran iguales. Una de las cabañas se comportaba con nerviosismo y tras un pequeño barullo recogieron y se marcharon todos.

Marina dormía con tapones y sintió el episodio desde un sueño lejano. Despertó convencida de que acababa de escuchar una estampida de caballos, que se escapaban trotando.

No tardamos en salir a comprobar qué ocurría, aunque sin batería en nuestra luz. En las inmediaciones vimos por la mínima algunas pequeñas ramas sueltas pero poco más. “Se habrán asustado, normal” fue el pensamiento que precedió a sentir aquello como un mero susto y ponerme de lado en el colchón.

Árbol caído Peguche (1)
Panorama con el que amanecimos.

Nos despertamos con murmullos cercanos y pisadas rompiendo ramas. Salimos un poco dormidos de la tienda, calibrando la vista y estirándonos. Enseguida miramos hacia la izquierda y a poco menos de 5 metros de nuestra cabaña, detrás de una primera capa de follaje estaba el tronco. Nos quedamos en shock.

Personas pertenecientes a la comunidad enseguida nos buscaron para saber qué había pasado. Estuvimos hablando y contándoles cómo fue. Ellos estaban tan sorprendidos como nosotros. Efectivamente hay árboles que están débiles y caen algunas noches, razón por la que no saltó ninguna alarma. Lo que no suele ocurrir es que pase en las zonas de tránsito de personas, que periódicamente pasan un examen botánico.

Quisimos verlo de cerca y rodeándolo vimos hasta dónde había llegado el asunto. El árbol había roto letreros, las barandillas de un pequeño puente de madera, y hasta una esquina de una de las cabañas.

Árbol caído Peguche (2)
Más estragos que dejó el árbol.

Eso explicaba todo el nerviosismo que sentimos. A uno de los turistas el árbol le cayó sobre la pared a menos de un metro, podría haber sido un desgracia.

Nos fuimos esa mañana del camping perjurando a los lugareños que irnos estaba ya en nuestros planes, que la caída no tenía nada que ver.

Continuamos con el plan del viaje agradeciendo cada paso y brizna de aire, sin terminar de creer lo que nos había sucedido, no era para menos.

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